CONTRA CORRIENTE

O, lo que podría ser lo mismo, “predicar en el desierto”. Nadar contra corriente es como me siento en los últimos años. Pero no quisiera que esta situación recordara a aquel chiste en el que un conductor pone la radio y escucha en la radio que hay un conductor suicida conduciendo en sentido contrario en la misma autopista que por la que él va. De repente dice “Uno no! MUCHOS!!!!”. Intentaré argumentar porqué, aún nadando a corriendo, no me siento que me método no es ortodoxo.

Me preocupa tener que tomar decisiones que siempre van en contra de lo que se espera de mí. Pero me enoja pensar que, lo que se espera de mí, va más con la falta de criterio y un vulgar “déjate llevar” que no con un argumento racional y bien argumentado. Para mi no es suficiente el argumento “es lo que hace todo el mundo”.

Y si en algún periodo de mi vida se da más veces la situación de sentirme que nado contra corriente, ese periodo es la época estival. Creo que es la época más cargada de tópicos que se repiten hasta la saciedad y que, salvo excepciones como la época navideña, no tiene comparación en ninguna época del año.

En la época estival tienes que:

  • Viajar. Darte la mayor paliza del mundo. Lejos. Cuanto más lejos, mejor. No hace falta que te pueda venir de gusto. Debes hacerlo.
  • Tostarte al sol. Aprovechar siempre las opciones que nos da el sol para poner a la parrilla nuestra cada día más desvalida piel. Sino te dirán, “Coño, cómo estás tan blanco?”
  • Vivir la noche con intensidad. Si sales, lo tienes que petar.
  • Beber el mejor mojito. No sabes por qué pero siempre hay alguien que te dice “Tú quieres tomar un mojito de verdad?”. El que te habías tomado era de mentira.
  • Si vas al pueblo, tienes que volver con los productos autóctonos. Imposible encontrar esa calidad en la mierda de mercado que tienes al lado de tu residencia habitual.
  • Comer y beber como si no hubiera un mañana. Ya están los septiembre/lunes para arreglarlo a la vuelta.
  • ….

Y todos los puntos anteriores son de fácil explicación (desde mi punto de vista, obviamente) porque yo en vacaciones quiero descansar. Hacer mi vida normal, disfrutar de los míos (qué importa dónde!), respetar los horarios y las dietas del resto del año, si éste ha estado dentro de la normalidad y del sentido común, y disfrutar del tiempo que no tienes el resto del año pero a ritmo lento, sin prisas ni relojes. Tan descabellado parece?

Entramos también, en esto de nadar contra corriente, en el mundo profesional. Me irrita sobremanera que el mercado no entienda con certeza lo necesaria que es la honestidad. Ser honesto es fundamental para poder ser eficiente. Las mentiras, engaños o triquiñuelas al que nos sometemos en el mercado español (consuela pensar que no seamos el único país en el que pasa. Consuelo de tontos, lo sé), están a la orden del día. Es difícil encontrarte con alguien que te diga “oye, me he equivocado. Y como me he equivocado, asumo las consecuencias”. IMPOSIBLE, son todo gatos que caen siempre sobre las patas. Ya puedes arrinconarlos con datos y hechos que jamás, por el miedo a las consecuencias, reconocerán haberse equivocado. Qué fácil sería ser honestos. Seríamos un país idílico. Apetecible para hacer negocio. Al menos, tenemos ejemplos de grandes empresas en que la honestidad es su visión y su misión: Pepephone, BQ, Yoigo… y poco más.

Sin embargo, lo que más me cuesta de todo es cuando mi forma de actuar va en contra de la “norma general” en cuanto a cómo quiero educar a mis hijas. En este punto, debo reconocer, mi guerra está prácticamente perdida. No renuncio a poder obtener alguna victoria en alguna de las batalla que comporta esta guerra con lo “común”, pero como resultado general, empiezo a intuir una deshonrosa derrota.

En lo que se refiere a cómo intento educar a mis hijas, mis batallas perdidas son muy claras:

  • Difícil conseguir racionalizar el uso de aparatos electrónicos cuando la sociedad está inmersa en un uso hiperintensivo
  • En relación con el punto anterior, difícil controlar cuándo y cuánto adquirir y usar la telefonía móvil. Nada ayuda, la verdad. Sus amigos, los padres de éstos, familiares, hábitos generales de la sociedad…
  • Difícil insistir a que no entren a discutir, ni a pelearse, ni a ser soeces…. tienen las de perder. Nuestros hijos no están sometidos al estricto control de sus padres. No hay un criterio único, pero frases como “no te dejes mandar” o “si te pegan tú le das el doble” sobre frases que intuyo que se usan con demasiada frecuencia en la intimidad del núcleo familiar. Una pena.
  • Controlar el contenido televisivo que se consume o hacer caso a las recomendaciones PEGI que los propios canales indican. Difícil impedir que vean un contenido que todos los de su clase ven. ¿Qué argumento puedes usar contra el “es que todos lo ven!”?

 

Y todo que me reconozco perdedor, y que me supone tener una estado de lucha latente con mis hijas, con mi entorno e, incluso, con mis familiares, creo que no voy a dejar que esta guerra concluya todavía. La esperanza es lo último que se pierde y, hace poco, en una conversación profesional con un hombre mucho más inteligente que los que estamos en la media, me dijo que su lucha por los hijos había sido muy, muy exigente en cuanto a voluntad, pero el resultado solo lo puedes ver pasados muchos años. Una frase que suelo decir yo es que la vida (y su formación) es una carrera de muy largo recorrido y que los resultados nunca son inmediatos. Hay que generar hábitos, costumbre y normas de educación que, en un futuro medio-largo, suponga un beneficio para tus hijos. En ello estamos, pese a todo, y con esperanzas de sacar ni que sea algo de provecho.

A la guerra!!!!