GASTAR COMO RESPONSABILIDAD

Supongo que la frase puede parece mal escrita y que la correcta debería ser “gastar con responsabilidad” pero no, el título de esta entrada es correcto.

Dejadme que eche un poco para atrás en la historia. Dejadme que intente pensar de dónde viene el concepto “sueldo” o “salario”. Lo que voy a expresar es más una teoría que no una certeza por lo que ruego no hagáis una análisis muy crítico de la misma.
Hacemos bastantes años que nuestra forma de intercambiar bienes y/o servicios era por un simple trueque. El trueque consistía en cambiar productos o servicio por parte de una persona o familia con otra persona o familia a cambio de que ésta última nos aporte a nosotros un producto o servicio que nosotros necesitáramos. Un ejemplo, si a nosotros nos sobraba trigo de la cosecha, el sobrante lo cambiábamos por servicios de herrería. De esta forma, el herrero podía disponer de trigo sin cultivarlo y el agricultor tener a sus animales herrados.
La gente se espabilaba para negociar qué cantidad de producto o servicio equivalía a lo que tú necesitabas. Imagino que era una negociación continua y que, más tarde o más temprano, se establecieron algunos standards que fueron evolucionando. Lo que seguro no tenía sentido era el ahorro. Y no lo tenía porque se vivía de forma estacional, porque no había métodos de conservación y/o porque los productos eran en su mayoría perecederos. Entendemos que la gente podría conservar ciertos productos con una cierta duración pero que serían los mínimos posibles. El resto, se debía gastar en cosas que fueran necesitando.
Ocurrieron situaciones específicas que comenzaron a cambiar esta situación:
– La modernización y/o industrialización
– El crecimiento demográfico
– La transformación de pueblos a ciudades y/o a núcleos más complejos
– La consecuente sobreproducción
– Aparición de la moneda (o unidad de cuenta)
Llegó un momento que éramos muchos, producíamos mucho y su distribución y almacenamiento era difícil. Igual teníamos 100 Kg de Arroz pero solo necesitabas 50 Kg para intercambiar para que te dieran lo que necesitabas. El sobrante se dedicaba a coger compromisos futuros para que si tu producción en el futuro fallaba o bien si necesitabas algo más, pudieras tener el compromiso de otros hacia tí. Aparecieron las unidades de cuenta. Algo así como un valor de referencia que servía para una región y que todos entendían. De nuevo como ejemplo, un Kg de harina se podría convertir en una unidad de cuenta. Una vaca podía costar 50 Kg de harina. Una carromato, 200 Kg de harina. Qué hacías si tenías excedente de harina pero no necesitabas nada. Lo entregabas a alguien y le decías “tengo tu compromiso de que en el futuro, si necesito algo que cuesta 20 Kg de harina, que conste que ya te los he entregado”. Ésto, que en un inicio parecía práctico, con el aumento de población y de producción se fue complicando. Para solucionarlo apareció el concepto de moneda. La moneda era un valor referenciado a un metal con una forma y un peso. Habían de diferentes tamaños y pesos que tenían, por tanto, diferentes valores. La gente pasó a entregar sus productos o servicios a cambio de “unidades de cuenta” o monedas. Fruto de la naturaleza humana (ambiciosa y egoísta) la gente comenzó a entender que, por mucho que produjera, siempre tenía la opción de entregarlo a cambio de monedas. Que esas monedas finales no tenían el problema del almacenamiento ni la caducidad que los productos con los que antes comerciaban.
Y empezó la economía inflacionista. Una pena.
Comenzamos a crecer. Cada día éramos más. Cada día producíamos más. Cada día consumíamos más. Cada día generábamos más monedas. Cada día teníamos más dinero. Con muchas salvedades, la sociedad comenzó a evolucionar. Los listos, espabilados y/o delincuentes comenzaron a destacar sobre el resto. Destacar significaba, tener más que el otro. Ver cómo generar más dinero. Se crearon las clases sociales (ya existentes desde el pasado pero en dos simples capas: nobles y plebeyos) y se creo un ambiente de competencia aspiracional en la que todo el mundo quería saltar de escalón, dejar atrás la vida miserable o sacrificada para convertirse en poseedor de más dinero.
En este punto aparecieron los bancos. Inicialmente para dar seguridad al dinero, en vez de tenerlo en casa, mejor tenerlo en un sitio donde tenían medidas de seguridad. El banco lo que hacía para rentabilizar su inversión en seguridad cobraba un % del total del dinero que el cliente depositaba. Y con ésto, empezó el concepto AHORRO. Los bancos aprovechaban los ahorros de sus clientes para luego prestar dinero a otros que se endeudaban. De ahí, sacaban mayor margen de beneficio. Un círculo vicioso que ha llegado hasta nuestros días. Una pena.
El ahorro ha sido la perdición de nuestra sociedad. El ahorro como concepto de beneficio, digo. Pasamos de una forma muy gradual y silenciosa del trueque al dinero.
Con la modernización y la industrialización, pasamos de ser productores internos (producíamos para nosotros y para nuestras familias) a ser productores por cuenta ajena. Las nuevas actividades y las nuevas fábricas cambiaron nuestro concepto del trueque para conseguir lo que necesitábamos, al dinero de una nómina pagada a cambio de unas horas de dedicación en la producción de una fábrica. El dinero que nos daban como salario, lo metíamos en un banco (seguridad) y lo íbamos usando según necesitábamos. Esto fue un cambio que, todo y que llego de forma muy gradual, supuso un cambio radical en el concepto que teníamos de las necesidades de subsistencia.
Habíamos pasado del trueque a la nómina. Habíamos pasado de producir para subsistir, a trabajar para aspirar al siguiente estrato social. Una pena.
Y ¿en qué situación nos encontramos ahora? Pues desde mi humilde opinión, estamos bajo un concepto de ahorro mal entendida. Los ciclos económicos malos (crisis) han hecho mella en nuestra conciencia y eso hace que ahorremos. El concepto ahorrar ligado a futuros malos. A los “por si acasos”. A intentar cubrir una necesidad futura que, a lo mejor, no podemos cubrir con nuestros salarios. Mal.
Winston Churchill dijo algo así como: “que un Estado ahorre es bueno, que ahorre la población es un desastre”. Lo que entiendo que quería decir es que el Estado no puede despilfarrar el dinero que gestiona en sus arcas. Debe hacer un gasto justo y proporcional a sus ingresos, sin pasarse. Pero ¿qué ocurre si la población ahorra? Pues si la gente se obsesiona con el ahorro y no gasta, una nación se va al traste. Y tiene su lógica. Si yo no consumo bienes, las empresas que los fabrican, dejan de fabricar porque no los venden. Si no los fabrican, no necesitan trabajadores. Si los trabajadores no tienen ingresos, dejan de consumir más, si aún cabe. Y entraríamos en un círculo vicioso del cual es muy difícil de salir.
Mi teoría sobre el gastar es muy básica y loca, lo sé. Deberíamos pensar en ganar el dinero que necesitamos para vivir. Si ganamos más de lo que necesitamos para vivir solo tenemos dos explicaciones: ganamos demasiado o trabajamos demasiado. ¿Podríamos trabajar menos para ganar menos y vivir igual? Creo que sí. El único problema de esta opción es que iríamos contra un pensamiento muy endémico (al menos en nuestro país), que es el del ahorro. Pero, pensando en un pequeño ahorro (mínimo ya que hay bancos que se dedican a proveer dinero a cambio de una módica cantidad), el resto del dinero que ganamos se ha de gastar. Si no necesitas gastar en más cosas, mi consejo sería que dejaras de trabajar unas horas. De esta forma, encontrarás un equilibrio entre lo que ganas y lo que vives para tí. Quizás nos hemos obsesionado en tener un coche más grande, una casa más grande, más dinero en el banco. Y todo ¿para qué? Para acabar muriendo. Si necesitas algo, te lo compras, si no necesitas nada más, vive la vida.
Acabo confesando que esta teoría me gustaría cumplirla a mí y no lo consigo. Eso sí, no dejaré de intentarlo.