CARTA A LOS PADRES

Lo siento. Creo que es los que deberíamos empezar diciendo en una carta a nuestros padres. Y digo carta por la falta de valor implícita que hay en estos casos de sinceridad. El problema de este “lo siento” es que siempre llega tarde. Llega cuando uno mismo experimenta la paternidad y aparecen con tus hijos unos vínculos emocionales que hasta entonces te eran desconocidos. Y es cuando empiezas a comprender el amor de unos padres hacia sus hijos. Nunca antes.

Leí hace un tiempo que existen una explicación genética al amor que unos padres sienten por sus hijos y no al contrario. La naturaleza, en su evolución natural, ha sabido escribir en nuestra genética un mensaje de dependencia hacia nuestros hijos. El motivo es que sabemos que ellos serán nuestro apoyo en nuestra futura vejez. Y el motivo de la no correspondencia es que ellos (los hijos) saben que nuestro sus padres serán una carga en su vejez.

Justificar de una forma tan científica lo que se siente por unos hijos parece insensible. Muchos dirán que es buscar una explicación racional a la emotividad. Y comparto su opinión. Pero las cosas siempre ocurren porque algún motivo. Otra cosa es que sepamos explicarlo. Cuando no lo sabemos, nos agarramos a sentimientos (religiosos o laicos) para justificarlos.

Escribo esta entrada porque he notado esa profunda dependencia del cariño de mis hijas. Y la comparo con lo que siento por mis padres y la diferencia es abismal. El saldo al final es muy negativo para mis padres. No es inexistente, simplemente que queda en proporción ridícula cuando comparo mi sentimiento hacia mis hijas. Y es la parte injusta de esta entrada y el motivo por el cual todo hijo que se haya convertido en padre debe pedir disculpas a sus padres. Porque es en el momento de tu paternidad cuando visualizas la poca correspondencia que le has dado a tus padres en el caso de que éstos hayan sentido lo mismo que tú ahora sientes por tus hijos.

Sé que a muchos les dará a pensar mis palabras que yo no quiero a mis padres. Todo lo contrario. De lo que hablo, y me disgusta, es que he descubierto que los padres aportan mucho más a una relación sentimental con sus hijos que éstos a sus progenitores. Y me hace pensar que no estuve a la altura en muchas de las conversaciones que tuvimos, o de los gestos que realicé o de las actitudes que tomé. Y solo fue por mi falta de visión de qué ocurría en sus interiores. Me equivoqué. Nos equivocamos. Nos equivocaremos. Y por ello debemos pedir disculpas.

Eso sí, reclamar que tus hijos te adoren como tú les adoras a ellos es una labor perdida. Creo que no va a poder ser. Y es ahora que me sabe mal. Ahora que me doy cuenta que soy la parte generosa de la relación pero que evidencia que antes, era la parte egoísta con mis padres.

Lo dicho, lo siento. Lo siento profundamente. Espero ponerle remedio. Eso sí, si la genética me lo permite 😉

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