PARA QUÉ CAMBIARLO TODO?

Yo me pregunto. ¿Para qué cambiarlo todo? Parece que ante un mundo convulsionado, lo que hace falta es hacer cambios drásticos. Cambios que impidan que en el futuro volvamos a caer en la misma trampa.

De ejemplos de qué hace falta cambiar hay mucho: La clase política, los recortes de sanidad, el sistema tributario… Todos parecen a simple vista los grandes pilares de una sociedad moderna. Pero no lo es. Y no lo es porque “han” querido que así sea. El único y verdadero problema es la educación. Y no me refiero al sistema educativo. No me refiero a qué cuesta, a quién va dirigido o cómo se segmento una carrera lectiva. No, me refiero a que el problema educativo es genético. Es del cómo queremos ser y de qué nos queremos desvincular.

No descubriré nada si, como latinos que somos, digo que somos pícaros, desconfiados y con el esfuerzo de una cigarra. Y estas características nos marcan como personas y como sociedad.

No tengo una solución clara. No estoy capacitado para ello. Lo que sí que creo tener claro es el diagnóstico. Una sociedad mal formada es una sociedad maleable y permisiva. Es una sociedad con facilidad para idolatrar al famosillo, al gracioso y al inválido intelectual. Idolatramos a gente que de una forma sabia y egoísta ha sabido llegar a una tribuna desde la cual verter sus miserias sobre todo el ganado. Elegimos pastores ya no mediocres, sino desvirtuados al extremo. Gente que se casa con demasiada facilidad con los lobbies económicos, eclesiásticos e incluso nobiliario.

La nuestra no es una sociedad donde el esfuerzo se recompense. Al menos no al esfuerzo académico. No recuerdo fácilmente una empresa que haya crecido en los últimos 10 años que de forma importante y que tenga una capacidad de influir en la sociedad. Estoy harto de escuchar empresa en Estados Unidos que se crearon en garages y que han acabado siendo una % del PIB importante. Esto en España es del todo imposible que pase. El techo que es imposible romper, y ni siquiera alcanzar, es una clase alta con una base arraigada en familias que históricamente han dominado nuestro país. Y lo seguirán haciendo. Y lo harán porque al dominar nuestro país, dominan la forma en que se educa a nuestro país. Y esa forma está maquiavélicamente urdida para que pensemos que somos lo que queremos ser. ¿Lo somos? Pues sí. Esa es la parte más deshonrosa de sentirme de este “país”. Estamos contentos con poder tener un coche, un piso más grande y el parket más chulo que el de nuestro vecino. Consumir por comparativa, consumir más por necesidad y por autoestima. Podríamos decir que sí, que han conseguido que nos “queramos” un poco menos.

Se me ocurre, por simple ganas de soñar, que una posible solución es que hubiera un cambio generacional que provocará una liberación de las ataduras de los poderes establecidos. Pero claro, eso se llamaría o Revolución o Golpe de Estado. Ninguna buena. Seguro? Igual es lo que pretenden con su educación, que pensemos que “ahí fuera” solo pueden pasar cosas malas. “— A cambio yo te daré ese coche turbodiesel que también se ha comprado tu vecino. Calentaré tu casa con Gas Natural y te haré creer que la ropa que te vendo te queda bien”

Como decía el chiste: “Sí pero, ¿Hay alguien más?”

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